Me estaba quedando sin comida, conseguirla en esta época era muy complicado, todos estaban alerta y eso no ayudaba.
Por suerte hoy era feriado, todos salían de sus casas para ir a las plazas con sus niños, oh los niños, que cosa linda, de tan solo pensar…
Salgo y me dirijo a la plaza más cercana de mi casa.
Cuando llegué, empecé a recorrer la mirada por el lugar, pude ver a varios niños jugando pero hubo uno que me llamó la atención, tenía el pelo rubio y los ojos celestes pero lo más importante, lo que más me llamo la atención de ese nene es que estaba rellenito, sin darme cuenta estaba babeando, me limpié rápido y me acerqué al pequeño con mucho cuidado.
–Hola pequeño– el niño solo se limitó a mirarme un rato y siguió jugando –. En mi casa tengo m-muchos caramelos, ¿quieres?–
El niño volvió a mirarme y me sonrió –¿Qué caramelos?
–Todo tipo de caramelos, todos los caramelos que te imagines, solo me tienes que seguir —le tendí la mano para que la agarrara, el niño con una sonrisa en la cara la tomó y salí caminando con él.
Llegamos a mi casa y el niño me sonrió al notar que no mentía, claro que no mentía, me encantan los niños que están llenitos.
–Come, come, no te preocupes por mí– le sonreí y miré cómo comía, este niño me iba a durar como una o dos semanas, realmente tuve suerte al encontrarlo, me senté.
–¿Tú no comes? ¿No te gustan los dulces?– el niño me preguntó.
–Oh… No, a mí solo me gusta una cosa– el niño siguió comiendo y cuando terminó de hacerlo me preguntó.
–¿Qué?– agarré el cuchillo que estaba en la mesa y lo miré, había empezado a babear, no aguantaba más.
–Niños.
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