Tengo un poco de tiempo libre, mi mente comienza a vagar por un mundo lleno de ideas y de pronto hay una pausa, entre el revoltijo de pensamientos surge un nombre al azar entre los cientos que conozco: Teresa. Y esa chica comienza a apoderarse de mi conciencia mientras voy descubriendo (y decidiendo) quién es.
Teresa, en su último año de derecho, vive con su madre, es hija única pero nunca se sintió así porque tiene un montón de primos. Se podría decir que su vida es rutinaria, no necesariamente monótona, cada semana es parecida pero jamás igual a las demás.
Como decía antes, la mujer de esta historia estudia derecho, va a la universidad cuatro días a la semana, pues logró acomodar su horario para dejar un día extra libre. Para llegar a su centro de estudio tiene que caminar y ocupar locomoción colectiva al igual que varios de sus compañeros con los que, en general, se lleva bastante bien. Y hablando de generalidades, se podría decir que Teresa es, valga la redundancia, en general una chica feliz que está en camino de lograr sus sueños. Ella tiene un montón de metas y objetivos, a largo y corto plazo. Por ejemplo, un día quiere levantarse temprano para desayunar waffles con frutos rojos, también le gustaría comprar un bonito regalo para el cumpleaños de su prima que cada vez está más cerca, desea con todo su corazón terminar su carrera y poder luchar para dotar al mundo de un poquito de justicia.
Sin embargo, Teresa no va a cumplir con nada de eso, un día ella va a despedirse de sus amigos para emprender el camino a casa de siempre, pero esa vez ella no va a llegar a su destino. Ninguno de sus conocidos va a llegar a saber qué pasó con ella, solo nosotros, yo que invento su historia y ustedes que la leen, vamos a tener un poquito más de certeza sobre su final.
Ese día una persona, o tal vez varias, va a destruir a esa muchacha. La va a sacar de su camino, le va a robar su vida, sus últimos minutos y todo su futuro. Ese día Teresa va a intentar luchar, gritar, arañar, defenderse y va a perder, sus últimos pensamientos, buenos y malos, van a estar acompañados de un dolor inimaginable. Ese día el tiempo se va a acabar para ella; no alcanzó a hacer waffles o siquiera a comprar los frutos rojos para acompañarlos; no alcanzó a conseguir un regalo para su prima, estaba pensando en un precioso carrusel o un diario de vida; no alcanzó a cumplir su sueño de regalar justicia con su trabajo ni siquiera una vez; tampoco alcanzó a decirle suficientes veces a sus seres amados cuánto les quería o a darle otro abrazo más a su mamá.
Ella iba a hacer todo eso y más, pero le quitaron la oportunidad.
El cómo termina la historia de Teresa me da pena, me da rabia, me da impotencia e intento consolarme diciendo que no existe, que nació y murió en mi mente y que de quererlo tengo el poder para revivirla. Pero todo eso no me sirve de consuelo, porque tengo claro que si busco en internet Teresa desaparecida no sería extraño encontrar a una, lo mismo pasaría si busco universitaria desaparecida, mujer desaparecida, joven desaparecida, prima desaparecida, hija desaparecida.
Porque por más que la Teresa de la que acabo de hablar no exista en la realidad, su historia no es una fantasía, este relato no surge de la nada, surge de noticias, de carteles, de todas las veces que caminé por la calle y me sentí insegura, del recuerdo que una vez una compañera contó que cuando descubrió que existían los violadores se dedicó durante días a revisar que cada puerta de su casa estuviera bien cerrada, del miedo de que cuando mi mejor amiga viene a verme luego puede no llegar a su casa, de la idea de que si mi mamá sale podría no volver a aparecer por la puerta que cruzó, de la idea de que alguien puede tomar una vida y arrancarla sin miramientos. Del darme cuenta de que él único motivo por el que estas ideas no me impiden dormir por la noche o seguir durante el día es porque ya me acostumbré a esta mierda. Tuve que hacerlo, pero no quiero esto, quiero que el miedo se acabe y de verdad y para siempre.
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