
Siempre me ha gustado la lluvia. Sus gotas, su belleza, su tranquilidad. Su baile continuo que calma mi estrés.
Siempre corta profundamente en mi pensamiento cada vez que la veo por mi ventana, aún más si se trata de la mañana.
A veces, bien en casos aislados, noto una perseverancia en su caída. Como si cada vez que quisiera caer del cielo cual bomba, una fuerza mayor a la gravedad la empujara. Probablemente sus ganas. Aunque es tonto pensar que algo inconsciente lograra tener deseos, y aún más ilógico que pensara en tener esa clase de peculiares deseos, como lo son impactar contra el pavimento y esparcirse entre la podredumbre de la tierra. Sin embargo…
Cada vez lo noto con más fuerza.
Es curioso, también, el cómo mi esposa ya no me habla sobre la lluvia. Quiero decir, siempre compartíamos ese gusto. Pero eventualmente, sólo dejó de hablarme al respecto.
En vez de lluvia y arcoíris su voz quebró. Y a partir de este punto todo fue a peor.
Dejó de bañarse. Dejó de pintar cuadros. Dejó de hablarme. Incluso su olor pestilente fue la mayor causa de sorpresa ante mis momentos de reflexión individual. Aún más ella, con sus ínfulas de higiene que siempre me contagiaba.
Es curioso, porque así como la lluvia cayó con fuerza en el pavimento, ella también lo hizo en su momento.
Y a partir de ahí no me habló. No se bañó. No pintó. No rio.
Pero bueno… mi esposa, es mi esposa. Y sé que, por momentos, se pone así.
Sólo que siento pertinente contarle esto a alguien. Así sea a este pobre diario de mi hija, que, por cierto, la noto en el mismo estado que mi amada. Este hecho que me acontece. Estas cosas que veo, como son su cráneo abierto y las moscas que le persiguen. O los gusanos que a veces confundo con sus dedos.
No lo sé en verdad. Pero bueno, ¿qué más da? Al menos, sí sé que mi esposa estará bien. Y que así como la lluvia, algún día va a volver.
—Dianel Kafer.
12. 07. 20
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