La llama de la vela se estremece entre mis yemas.
Se mueve, se desliza, huye de la presencia de ajenos a ella misma.
Algo así como yo.
Intento que nada me apague
mientras vigilo
la llama de la vela que se estremece por el contacto,
la cercanía de la gente,
los fragmentos de la brisa,
el olor a petricor
y el cielo apagado sin luciérnagas.
La llama de la vela baila con los gemidos de dolor.
Baila al ritmo de los sollozos
y la cera derretida baja por el borde del cristal
lenta,
determinada
e intensamente,
prestando calidez al tiempo en que se enfría,
algo así como yo.
Y es que parece infinita la carrera de la cera
por el cristal que rodea la vela
hasta la madera que incita a la llama
a salir de la delicada jaula.
Delicada pero irrompible,
delicada pero fuerte,
delicada pero firme.
Y es que la llama solo requiere de un suspiro
para dejar de existir.
Ni un huracán,
ni mucho menos un tsunami;
tan solo un suspiro de cansancio seguido de la gota salada
y no habrá vestigios que demuestren la existencia
de la pequeña llama de la vela que se estremecía entre mis yemas.
—Haizea.
Corregido por Rain Jones.
Corregido por Livvy’s Monster.

Una respuesta a “Ni un huracán”