En el borde de tu mundo y el mío, existe una tierra cuyos colores literalmente habían desaparecido.
Unos soldados, que desde el inicio de los tiempos se encargaron de protegernos, se rebelaron contra nuestro antiguo rey destituyéndo su puesto a la fuerza, dejando así a la ciudad que solía irradiar alegría y felicidad una dictadura.
Llenaron todo el lugar de miedo y terror, prohibiendo a sus habitantes volver a darle vida a aquellas calles vacías con su música, relatos, esperanzas y sueños.
Tenían prohibido salir cuando querían, tenían prohibido estudiar lo que querían, estar en un mismo lugar junto a un gran número de personas, tenían prohibidas muchas cosas, y si alguno se atrevía a revelarse sería perseguido hasta que ya nadie supiera algo de él.
Así pasó con muchas personas; hombres, mujeres, jóvenes, niños, ancianos.
Incluso sin haber hecho algo malo, desaparecían sin dejar rastro.
Lo único que sé es que estos soldados secuestraban niños y sus familiares o amigos que no tenían la posibilidad de concebir un hijo los adoptaban, lo mismo sucedía con los bebés de las mujeres embarazadas que secuestraban, las retenían en celdas, las golpeaban, las torturaban, y cuando sus hijos nacían los adoptaban otras familias, luego de haber hecho desaparecer a sus madres.
Pasaron bastantes años para que la esperanza perdida volviera a aquella tierra, ocho hermosos colores comenzaron a brotar nuevamente, llenando de luz y alegría la ciudad en donde reinaban las pesadillas.
Eran hijos de mujeres desaparecidas, fueron criados por soldados, vivieron en la ignorancia. Pero por más que los que se hacían llamar «sus padres» intentaran ocultarlo, la verdad siempre sale a la luz.
Una voz angelical les susurró al oído toda la verdad para luego sentir leves cosquilleos en sus manos. Desde entonces todo lo que tocaban se pintaba de algún color, pintaron el mar de un bello color azul, pintaron las hojas de los árboles de diferentes tonos de verde, pintaron el fuego de un rojo brillante.
Al ver esto, los soldados decidieron actuar. Detuvieron a los colores y los encerraron en un campo de concentración, volvieron a quitarle los colores a la ciudad con su magia oscura, y para asegurarse de que los colores no volvieran a pintarla cubrieron sus manos con grandes y pesados bloques de hierro.
Y así pasaron días, semanas, meses.
Los colores trataron de escapar en varias ocasiones, pero no tuvieron éxito.
Todos se habían dado por vencidos. A excepción de uno.
Rojo, el más valiente de los ocho, aún no quería rendirse, aún mantenía su determinación a flote.
Una noche, mientras pensaba en un nuevo plan para escapar, escuchó a la dulce voz que lo había sacado de ese mundo de la ignorancia y le dijo que descansara, le prometió que ella se encargaría de sacarlos de ahí. No sabía por qué, pero confió en ella.
Dos años habían pasado y no hubo ninguna señal de que esa voz estuviera cumpliendo con su promesa, pero, a pesar de eso, Rojo aún tenía esperanzas en que lo hiciera.
Una gran explosión se escuchó una tarde en la entrada del campo, algunos de los colores trataron de asomarse para ver qué pasaba mientras escuchaban a los soldados pedir refuerzos a gritos.
Un líquido comenzó a escurrirse entre las manos de los colores, el hierro estaba derritiéndose.
Unas blancas y resplandecientes luces se acercaban a las celdas en donde estaban encerrados los colores y al apenas tocar las puertas de las celdas estas se abrieron.
Rojo ya sabía quién era el responsable de todo esto y no dudó ni un segundo en ir rápidamente a decirles a sus amigos.
Juntos se enfrentaron a los soldados para salir del campo de concentración en el que llevaban años encerrados. Lucharon con todas sus fuerzas, pero no fue suficiente, eran demasiados soldados, estaban acorralados.
Los soldados, con sus armas de oscuridad, estaban a punto de acabar con la única esperanza que quedaba en aquella tierra cuando un potente rayo cayó entre ambos bandos cegándolos con su luz, para luego revelar a una mujer de capa y máscara blanca, armada con una espada blanquecina, la cual irradiaba una intensa luz.
Y aquí es donde entro yo, una hechicera de la luz, espadachina de la luna, proveniente del reino Gekko. Mis compañeras y yo juramos por nuestras vidas vengar la injusta muerte de nuestras hijas y proteger su descendencia, proteger a los salvadores y nuevos reyes de esta ciudad, la ciudad Sutaraito.
El día de hoy, junto a nuestros nietos, nos enfrentaremos a la oscuridad y liberaremos a esta ciudad de las garras de estos monstruos, les devolveremos sus sueños, esperanzas y anhelos a cada uno de sus ciudadanos, juntos volveremos a darle vida con nuestra luz y los hermosos colores que nuestros nietos llevan en su interior.
Por la verdad de la que nadie habla, pero todos conocen, levanto mi espada al cielo, y con todas mis fuerzas grito:
– ¡Mokita!
Dando así inicio a la rebelión.
Corregido por Livvy’s Monster.
Corregido por Rain Jones.
