Nota inicial: este poema nace de la necesidad de continuar la anterior historia de «Trastorno de identidad disociativo». Si no la has leído, es recomendable verla para entender mejor lo que ocurre aquí. Porque, como dije, es una continuación. Sin más que decir, adelante.
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Y en la mañana de ese día
me miré al espejo con intriga.
vi mi cara,
mis rasgos.
vi mi poco orgullo,
mis mentiras.
las pirámides imaginarias
y princesas de fantasía,
se volvieron un par de agujas
que me siguen hasta hoy en día.
los llantos prolongados,
las risas contenidas,
ahora son colchones
que calman mis griterías.
mis viejos amigos
y mi hermosa familia,
ahora son unos doctores
que me calman con pastillas.
al llegar la noche,
mi alma se siente vacía,
y como un tarro sin nada
se llena de una oscura suciedad,
penetrando en mi pensamiento
hasta la cansada saciedad.
me dicen que olvide todo
con un par de choques eléctricos,
pero tras cada descarga
me siento más decaído y muerto.
a pesar de las pastillas,
de las amarraduras y camillas,
de las semanas intensivas
y días bebiendo lejía,
mi estado solo empeora
y mis ojos solo lloran.
La muerte me ha matado
a pesar de seguir vivo.
llevo así desde meses.
caminando por este cuarto,
rayando las paredes
y hablándole a Blancanieves.
a pesar de todo,
yo no me recupero.
Así que, si me encuentran yerto,
díganle a mi hermano
que, profundamente, lo siento…
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