No es fácil, lo sé. No voy a tener las mismas comodidades y algunas noches el sentimiento de soledad se apoderará de mí, pero eso no es nada comparado a los ojos de mis hijos pidiéndome solo un pan para la cena con su rostro demacrado por la hambruna que presenta mi país desde hace mucho tiempo.
No es fácil, pero «pa’ lante es pa’ llá».
Nací en Venezuela, en ese país que nos enseñan a amar a nuestra tierra desde pequeños con sus canciones dedicadas a esta misma y que al pasar del tiempo nos va enamorando más y más. Esa tierra que hace muy poco tiempo se volvió triste y solitaria por no darnos cuenta de las cosas buenas que tenía. Mis padres me apoyaron siempre en todo, ellos siempre me decían que lo que yo quería lo podía cumplir y siempre le rezábamos a la Virgencita para que todo nos fuera con bien, aunque todo no es siempre como uno piensa y a veces Dios nos manda todo tipo de tormentas para después levantarnos en lo alto y seguir mucho mejor que antes. En la actualidad sigo creyendo que eso pasará en algún momento…
Tenía 20 años cuando llegó a mis oídos la noticia de que Chávez había muerto, recuerdo que lloré. Lloré demasiado. Lloré por mi padre, que había sido víctima del hampa el año pasado. Lloré por mi abuela, que murió cuando yo tenía 15 por culpa de la falta de un medicamento muy costoso. Lloré por mi Venezuela, porque al fin teníamos una oportunidad de salir de todos los males que alguna vez habíamos experimentado todos los venezolanos. Un rayo de esperanza salió después de tanta oscuridad para nosotros, pero a veces la oscuridad puede más que cualquier mínimo rayo…
Pasaron las elecciones y al final todo era un juego nuevamente; llegaron las protestas en contra del gobierno, muerte, desabastecimiento, leyes en contra de nuestros derechos, mucha más inseguridad, mucho más caos. Cada día era una razón más para inmigrar a otro lugar y dejar mi tierra amada aunque me duela tanto como vivir.
Al comienzo no quería irme. «No hay razón» me repetía cada día, aunque en el fondo sabía muy bien que las razones eran incontables y debía salir de esa monotonía tóxica. Mis ojos reflejaban sufrimiento y yo simplemente lo ignoraba mientras mi país se iba poco a poco a la mierda. Un día simplemente recapacité, uno de mis hijos estaba jugando cuando el mayor se me acercó y me dijo:
-«Mami, tengo mucha hambre. Esa sopa no me llenó»- claro, no lo iba a llenar. Él solo tenía 12, estaba en crecimiento y necesitaba comer bien, algo que claramente no estaba haciendo. Todo por mi ignorancia. Todo por ser egoísta y no querer dejar ir todo lo que había construido.
Mi madre fue la primera en darme la idea de inmigrar. Ella me decía que no tenía nada que hacer en Venezuela, solo eran lazos débiles y ella tenía razón. Así que decidí ir vendiendo de poco a poco para irme. Colombia era una gran opción, así que hasta allí iría.
Sabía que mi travesía comenzaba justamente cuando mi mamá se despidió de mí con los ojos «aguarapaos» y echándome la bendición. Mi hijo mayor me dio un gran abrazo diciéndome que me cuidara y le dí un gran beso a mi hijo menor que estaba adormilado mientras le decía «te amo» con el anhelo de que él lo haya escuchado. Mi viaje fue por tierra, pasé por un lugar al que le llamamos «La Trocha» unos caminos de tierra en los que tienes que pagar cantidades grandes para poder pasar bien, o al menos eso fue lo que me dijeron antes de montarme en el Jeep. El tiempo en el Jeep pasó muy rápido pero estaba totalmente asustada, tenía miedo de que me bajaran del Jeep y me robaran o violaran pues a los que no les iba bien por ahí tenían la desgracia de que les pasara eso. Gracias a la Virgen que no nos pasó nada y pude llegar bien a Cúcuta, Colombia, y después de ahí tuve que llegar hasta Barranquilla.
Un nuevo país y sin documento, algo a lo que le tenía miedo. Tuve que alquilar una habitación para comenzar, buscar trabajo fue difícil pues los venezolanos no somos bien vistos y no los culpo, muchos van solo a buscarse el trabajo fácil. Los primeros días llamaba a mi madre para preguntarle si estaba bien pero el internet no colaboraba y siempre terminábamos sin hablar nada. Me decepcionaba saber que no podía verle la cara a mi madre solo por el hecho de no tener buena calidad en mi país. Después de unos días no solo era el internet también era la luz, mi familia duraba días sin internet y el miedo de que algo les pasara me carcomía la cabeza. Ustedes no se imaginan la alegría que en mi corazón se presentaba cuando encontraba un mensaje de mi mamá en WhatsApp diciéndome que estaban bien y no me preocupara, cuando yo sabía muy bien que las cosas no estaban bien pero aún así el optimismo siempre es bueno.
Después llegaron los cumpleaños sin mis hijos. Lloraba y me sentía tan sola, no tenía a nadie de confianza a quien abrazar, no había nadie que me esperara después del trabajo. Solo yo y mi triste habitación. Los días sin comer bien tampoco faltaron, no era fácil oler cómo preparaban comida al frente de mi casa y tratar de dormir con esa tortura. Pero sin importar que estemos tan mal siempre habrá ángeles que nos levantarán y nos llevarán hacia más adelante y para mí ese ángel era mi primer jefe. Ese señor me ayudó en todo.
Todo lo que necesitaba, él hacía todo lo posible para ayudarme y yo le agradecía con mi trabajo.
2 años después, cuando ya estaba bien establecida en Colombia, decidí traerme a mi familia. Los llamé para decirles y lo primero que vi fue a mis 2 hijos, sus caritas demacradas por el hambre y mi madre peor aún. El menor me decía que tenía hambre, que quería comerse un pan, que estaba cansado de comer solo arepa. El mayor me confirmaba lo que decía su hermano con su mirada apagada, como si no tuviera esperanzas en nada. Me pasaron a mi mamá y le conté rápidamente lo del viaje, le dije lo que iban a hacer. Ella estaba un poco aterrada pues era su primera vez saliendo de Venezuela pero se tranquilizó cuando le dije que «Pa’ lante es pa’ llá», esa frase que nos caracteriza como venezolanos. Que nos ayuda a levantarnos cada día a buscar algo mucho mejor para nuestra familia.
Mis hijos llegaron bien y contentos. Las lágrimas no faltaron. Mi madre muy feliz y aliviada me contó todo lo que habían pasado y que le daba gracias a Dios por cuidarnos en todo momento.
Mi historia no es la única, hay muchas más personas que pasan por lo mismo o algo mucho peor. A muchos les toca aguantar mucho más hambre, a muchos les toca esperar años para conseguir papeles. Algunos se van por los caminos fáciles y piensan que robar y estafar es lo mejor del mundo.
Dejar de lado nuestras profesiones, nuestros familiares y hasta nuestra propia dignidad es lo que pasamos los venezolanos y muchas personas de diferentes países que les toca inmigrar para tener mejores oportunidades. Trabajamos duro mientras escuchamos esos comentarios xenófobos para darles de comer a los que amamos y aunque nos den migajas agradecemos por ello.
Por eso hoy agradezcan por sus vidas y comodidades, por estar con sus familiares, por la comida de hoy y de cada día, porque están ejerciendo sus estudios sin pasar hambre, porque están ejerciendo sus profesiones aunque el cansancio los esté matando.
Sean felices hasta con lo poco y miren siempre hacía el frente.
Corregido por Scarlata.
Corregido por Livvy’s Monster.
