Más allá de la muerte

«Algún día encontrarás a alguien que te hará feliz y se convertirá en el pilar más importante de tu vida», eso era lo que su madre siempre le decía.

Al principio no creía poder encontrar a la persona indicada, tampoco estaba en sus planes buscarla. Para él, el trabajo era su prioridad. Buscar leyes que puedan proteger a sus clientes y defenderlos en la corte ocupaba gran parte de su tiempo. No había lugar para el amor en su vida. O eso era lo que pensaba antes de conocerla.

La vio por primera vez en su oficina. Algo en ella lo hizo sentir completo, provocó que una gran alegría invadiera su cuerpo, le hizo sentir que ella era la persona de la que su madre hablaba. Ella había demandado a su ex marido por agresión y necesitaba el apoyo de un abogado para el juicio. Él, sin dudarlo, aceptó el caso, ofreciéndole su ayuda gratuitamente. Al terminar el juicio se negó a perder el contacto con ella, quería estar todos los días con ella, todas las semanas, todos los meses, años, quería pasar lo que le quedaba de vida junto a ella.

Poco a poco iba ganándose el corazón de la muchacha. Le regalaba sus flores favoritas, le escribía bellos poemas, la llevaba a lugares hermosos. Hacía todo con tal de verla sonreír. Mientras más pasaban los años más crecía el amor que sentían en sus corazones y así, poco después, se casaron. La boda fue pequeña, solo ellos y unos familiares cercanos. Al verla caminar hacia el altar con un hermoso vestido blanco no pudo evitar soltar un par de lágrimas. Se veía aún más hermosa de lo que ya era, el vestido hacía resaltar sus ojos avellana, su cabello igual de oscuro que la noche caía sobre sus hombros cubierto por un blanco y transparente velo. No podía creer lo que pasaba, no podía creer que haya podido encontrar a aquella persona especial, nunca se esperó el día en el que uniría su vida con ella.

Los días posteriores a la boda fueron más que perfectos, tenían la costumbre de bailar luego de la cena, mientras él trabajaba en casa escuchaba la dulce voz de su esposa cantar al cocinar, mientras ella tejía escuchaba a su marido leer sus novelas preferidas. Al dormir le encantaba sostener la suave y helada mano de su esposa, en las mañanas le encantaba ayudarla con su cabello.

Desde hace tiempo la había notado un poco más decaída, cada día la notaba más pálida, le preocupaba el estado en el que su esposa se encontraba, por lo que dejó su trabajo para poder estar con ella y cuidarla hasta que mejorará.

La situación se ponía peor mientras más pasaban los días, la mujer dependía de su marido para todo, sus piernas temblaban al intentar caminar, no tenía la fuerza suficiente para tomar un cubierto y comer por su cuenta, le costaba hasta sentarse en la cama. Su esposo insistía en llevarla al hospital pero la mujer se negaba, le aterraban los hospitales. El hombre, con tal de complacer a su esposa, respetó su decisión. Leyó una gran cantidad de libros de medicina con tal de encontrar algo que pudiera hacer para ayudar a su esposa, pero no encontró nada, ni siquiera estaba seguro cuál era la enfermedad por la que su amada estaba pasando.

La mujer no quería estar sola ni un segundo, no quería que su marido saliera de la casa, quería que esté todo el día junto a ella, haciéndole compañía en la oscura y fría habitación que compartían. El hombre, con tal de complacer a su esposa, cumplió su pedido. No salía de la casa si no era para comprar las cosas básicas que necesitaban para vivir, dejó hablar con sus amigos, dejó de hablar con sus familiares, dejó de tener contacto con las personas, a excepción de su esposa.

La enfermedad hizo que con el tiempo la mujer perdiera su cabello, por lo que su esposo le compró una bella peluca del mismo color que su cabello natural para que no se deprimiera tanto por ello. La enfermedad hizo que perdiera su grasa corporal, haciendo que sus huesos se notaran más de lo normal, por lo que su esposo le compraba ropa bonita y le repetía todos los días que a pesar de su aspecto aún seguía siendo hermosa. La enfermedad hizo que su piel se tornara de un opaco color blanquecino, por lo que su marido la maquillaba para que ella no pensara tanto en ello y no se deprimiera.

Por otro lado, los padres de la esposa del abogado estaban bastante preocupados por la pareja. Hace años que ya no iban a visitarlos ni los llamaban los fines de semana como era costumbre. Extrañaban a su hija. Necesitaban saber como estaba, escucharla hablar sobre como había ido su día mientras los dibujaba, como solía hacerlo cuando vivía con ellos. No tenían noticias sobre ella ni de su marido. Es como si hubiesen desaparecido del planeta.

Un día, en el cumpleaños de su hija, la pareja de ancianos, junto a sus otros dos hijos, decidieron visitarlos por sorpresa para festejar los treinta y cinco años de la mujer de ojos avellana. Al llegar tocaron la puerta de la entrada, pero no obtuvieron respuesta. Volvieron a tocar, pero nuevamente, no obtuvieron respuesta alguna. Uno de los hijos de los ancianos recordó en dónde escondía su hermana la llave de emergencia. Este la tomó y abrió la puerta.

Ninguno se esperaba un nauseabundo olor al entrar a la vivienda. Tampoco se esperaban encontrar la casa hecha un desastre. Los sillones estaban rotos, la mesa estaba llena de comida en mal estado, varios cuadros rotos estaban distribuidos por todo el suelo al igual que pedazos de tela y plástico. Todo estaba a oscuras.

Al ver aquel desastre los cuatro pensaron lo peor y los menores fueron a buscar a la pareja por todas las habitaciones mientras que los mayores llamaban a la policía en la entrada.

Buscaron por todos lados, gritando el nombre de su hermana y su cuñado, sin obtener respuesta. Ambos se dirigieron a la ultima habitación que les quedaba por buscar, la habitación matrimonial. El menor de los dos abrió la puerta. Observó hacía adentro y quedó en shock, temblando, cerró la puerta para luego correr escaleras abajo. Su hermano, al no entender el porqué de su reacción, entró al cuarto y al dirigir su mirada hacía la cama no pudo evitar soltar un espantoso grito. No podía creer lo que sus ojos estaban viendo. El cadáver putrefacto de su hermana yacía sobre aquella cama. Su rostro estaba cubierto con plástico y maquillado para simular una cara humana. Una peluca de lana negra simulaba su cabello. Varías partes de su cuerpo estaban rellenas de trapos, intentando darle la forma que perdió tiempo atrás. Gusanos y otros insectos caminaban sobre el cadáver y la cama. Junto al cuerpo en descomposición se encontraba el abogado, soltando bostezos y tallando su ojos mientras se levantaba de la cama. Sus ojos se encontraron con los de su cuñado y, tranquilo, lo saludó y sonrió. Como si nada pasara.

Corregido por Nothing.

Corregido por Scarlata.

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