—¡Pasen de uno en uno, por favor! Id pasando por la taquilla, allí os registrarán y os dirán qué tenéis que hacer. ¡De uno en uno he dicho!
Si soy sincero, no tenía ni idea al principio de dónde estaba, ni por qué. Yo creía que estaba muerto. De hecho, todo apuntaba hacia ello, porque mi cuerpo era casi transparente y no lo podía tocar. Era muy extraño.
El señor que gritaba tampoco era muy normal. Tenía patas de jabalí, una cola con la punta con forma de flecha, una cara de persona normal y unos cuernos enroscados. Además llevaba unas pequeñas gafas que no paraba de ponerse y quitarse. La fila iba avanzando, llegando a estar a su lado.
—Señor Edmund… ¿Aritcualotche?
—Artqualtz, señor.
—Cada vez me ponéis más difíciles los nombres, ¿eh, hijo? Nunca te he visto por aquí —dijo todo esto poniéndose y quitándose las gafas, alternando las miradas entre la lista y mi cara, aumentando mi nerviosismo rápidamente—. ¿Eres nuevo por aquí?
—Eso creo, señor —no le miré la cara, solo observaba el continuo movimiento de las gafas arriba y abajo, sin descanso.
—Está bien ver caras nuevas en esta pocilga de enfermos. Siempre veo a los mismos depravados de siempre, incapaces de redimirse aunque les demos mil oportunidades. Te toca ir a la clase CM1, al fondo de los charcos de lava, derecha. No tiene pérdida para alguien con alguna neurona, aunque parece que allí arriba se os desintegran. Espero que tú seas mejor, porque como te vuelva a ver venir por aquí… ¡Te envío con el señor Lucifer!
—¿Quién? —La fila seguía detrás de mí y me empujaron hacia delante.
Permitidme un inciso: en este momento ya sabía que seguramente estaba en el infierno. El señor con el que hablaba era un demonio, obviamente. El shock de la situación había bloqueado mis neuronas. De todas formas, no era para nada como me lo esperaba: los demonios eran regordetes y con cara de hombre bonachón, la recepción tenía sofás color negro con cojines morados, había gente charlando, no hacía mucho calor a pesar de estar casi al lado de un lago de lava… ¡Si era mejor que mi propia casa!
Desgraciadamente para mí, mis neuronas parecían haberse deshecho. El demonio bonachón tenía razón, se nos debían perder en la Tierra. Muy extraño todo. Ya no sabía si tenía que ir a la derecha o la izquierda, por la cueva, por el puente encima de la lava… y por si fuese poco, un timbre sonó y empezaron a salir espíritus como yo por todos lados, rodeándome, incapaz de ver nada. El grupo me fue empujando hasta que volvió a sonar el timbre, y todos se metieron en las distintas clases. Doy gracias de que me dejaran enfrente de mi clase, la CM1. Entré.
Solo quedaba un sitio libre. Al contrario de lo que había visto en la fila inicial, la mayoría de «gente» era como yo, salvo uno o dos macarras. Me senté lo más rápido que pude.
— Y usted, señorito, ¿quién es? ¿No le han enseñado a tocar antes de entrar? ¡Y encima se sienta sin decir nada! —Estaba tan absorto en mis pensamientos que no me había dado cuenta de que había un demonio como el primero, pero más alargado y altanero, que hacía las funciones de profesor. También llevaba gafas. Y también estaba todo el rato moviéndolas.
—He estado dando vueltas y acabo de encontrar la clase, de verdad que no le había…
—¡Déjese de excusas! Se va a llevar usted su primera nota negativa. ¡Espero que sea la última! ¿Me puede decir, si al señorito le parece, su nombre?
—Edmund Artqualtz, señor.
—Muchas gracias. Una vez que el señorito Aritcucaletiz se ha presentado, podemos iniciar la clase. Como podréis observar por el nombre del aula, sois el primer grupo de Casi Muertos, una clase especial para los que no han muerto de milagro y que tienen que venir aquí por un tonto aviso. Estáis aquí porque desde la central nos han dicho que vais un poco mal, y queremos daros una segunda oportunidad antes de que muráis del todo y tengáis que renacer. Por eso os voy a decir… —Sonó la puerta y un demonio vestido de traje asomó la cabeza. Era mucho más elegante y grande, con mejores cuernos. Se notaba que tenía un cargo mucho más alto que nuestro profesor.
—Buen ocaso, clase CM1. Me he pasado por aquí para ver cómo iban las cosas. Espero no molestar.
—No se preocupe, director Lucifer, usted nunca molesta —se ve que ni en el infierno arden los pelotas.
—Gracias, señor Gustavo. Parece que esta vez le ha tocado una buena clase. Me da pena pensar que van a estar aquí tan poco tiempo. ¿Puedo quedarme con vosotros?
—¡Nadie quiere al dire Lucifer! ¡Nadie quiere al dire Lucifer! —Al principio fueron solo los dos macarras de la clase quienes cantaron eso, pero luego todos juntos empezamos a decirlo al unísono. Lucifer empezó a llorar, se cubrió los ojos y salió corriendo por el pasillo. Me llevé la mano a la cara. ¡Que desastroso era eso!
—¡Mirad lo que le habéis hecho al pobre director! No os va a caer nada porque os vais rápido, que sino…
Después de aquella decepción con Lucifer, Gustavo estuvo dándonos consejos sobre cómo debíamos portarnos desde ahora en nuestras vidas, qué debíamos hacer y un montón de cosas aburridas a las que solo el reloj de la pared parecía estar prestando atención. No paró de hablar hasta que por fin el timbre nos libró de ese terrible sufrimiento.
—¡Alumnos, ahora dirigíos a la sala de renacimiento! En fila india, como los niños pequeños, que parecen tener más cerebro que vosotros. Pobres inútiles… —Esto último creo que solo lo oí yo, último de la fila, porque lo dijo entre dientes. Hasta los profesores aquí están un poco amargados.
Llegamos a lo que parecía un ascensor hasta el infinito. Era incapaz de ver su final. Era lógico, nos llevaba de vuelta a la Tierra. La gente empezaba a subir. Nos reunimos con las seis clases de Casi Muertos que había. Creo que ese fue el verdadero problema, cuando se juntaron las clases. No sé quién dijo qué a quién, pero la pelea se montó en menos de un segundo. Una maraña de espíritus con mala cara se enzarzaron en una pelea que los profesores no intentaron parar. Como dijo el profe Gustavo: «Mejor que lo hagan aquí que ahí fuera».
Mis neuronas parecieron volver para sacarme de aquella locura. Vi la oportunidad de salir de allí y me escurrí rápidamente entre los descerebrados. Abrí la puerta del ascensor, y me metí dentro. Mi profesor me miró sin decir nada. Solo me despidió con la mano. En el fondo estoy seguro de que nos quería. Empecé a subir a una velocidad vertiginosa, mientras notaba que mi cuerpo volvía a mí. Todo se volvió blanco.
Desperté tirado en la carretera, con un coche blanco a mi lado, y un hombre mirándome.
—¡El inútil que se me ha puesto en medio parece que despierta! ¡Venid! ¿Necesitas ayuda amigo?
—¿Dónde hay una iglesia? —Nunca había estado mejor, y quería hacer una cosa urgente como ninguna.
—Al fondo de la calle, amigo. ¿Seguro que no necesitas nada?
Ni le contesté. Salí corriendo y entré por el portón a la iglesia. Una abuelilla me miró con cara alegre, pensando que había encontrado a otro que también había visto el buen camino. Me arrodillé en el primer banco que encontré y recé:
—Dios, sé que he hecho cosas mal. Pero lo que has hecho tú con el infierno no tiene nombre…
Corregido por Livvy’s Monster.
Corregido por Nothing.
