Francisco se dirigía al sepelio de un conocido, hijo de amigos cercanos de su familia, habían ido a la escuela juntos, sin embargo, entre ellos nunca existió una amistad, había una extraña rivalidad por ser el mejor. La última competencia que hubo entre ellos fue por conseguir un puesto de trabajo en la nueva compañía de la cuidad, Francisco realmente quería ese trabajo. Se trataba de una idea revolucionaria, era la nueva manera de producir energía. ¡Adiós a lo tradicional, bienvenidos a la cuidad del futuro!
Una vez más, Francisco había perdido, pues fue su contrincante quien ganó el trabajo, mientras caminaba al desafortunado suceso, se dio cuenta de que por primera vez desde que inició esa extraña competencia él había ganado.
Al ver los ojos de su rival a través del cristal del féretro, le dijo: “Ganaste la batalla, pero perdiste la guerra, después de todo yo sigo vivo”.
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