El armario

Débiles sonidos de llanto salen de sus labios mientras cierra los ojos e intenta inútilmente contar hasta 10 para serenarse.

No te puede ver.

Si te escondes tras la ropa y te agachas no te podrá ver ni tocar.

– ¿Dónde estás, mocosa? – pregunta una voz osca y pesada – pensé que ya no te quedarían ganas de esconderte.

El golpe de una puerta le sobresaltó haciéndola temblar. Se llevó las manos a los oídos y se dijo mentalmente:

No te verá. Si te escondes no te verá.

No puede tocarte. Agáchate tras la ropa y no podrá tocarte.

Pero algo falló y ese algo fue el hipido que salió tembloroso de su boca. Abrió los ojos con horror y miró fijamente la puerta del armario esperando, con miedo, que esta se abriera de sopetón.

Nada pasó, tampoco se escuchaba nada fuera, solo la música proveniente del centro de la casa y la voz de su madre dando las gracias a los invitados por asistir a su fiesta. Vuelve a cerrar los ojos, pero no de miedo, sino de alivio al verse a salvo del peligro.

– Te encontré…

Chilló, fue un chillido tan fuerte que a través de él aún pudo percibir como la música del salón disminuía gradualmente para volver a sonar como si nada pasara.

La puerta del armario se abrió con violencia y dos manos comenzaron a tirar de ella para hacerla salir. Para ese entonces la música sonaba incluso más fuerte abajo. Daba igual cuánto pataleara y gritara pidiendo ayuda. Nadie podría escucharla.

– Te lo advertí mocosa – el primer golpe en el estómago la dejó sin respiración, pero el segundo le hizo escupir sangre –. Si te volvías a esconder ya no sería amable.

La tiró al suelo sin ningún tipo de delicadeza y se subió encima de ella inmovilizándole las piernas. La niña, en medio de su desesperación, comenzó a arañarle los brazos a lo que él respondió dándole tres bofetadas obligándola a cubrirse la cara en busca de protección.

– ¿Por qué te tapas? – preguntó con sorna, escuchó el tintineo que hacia al intentar quitarse el cinturón y las nauseas comenzaron a subirle – Te gusta que te peguen, ¿no? Por eso te escondes, para que te muela a palos, ¿verdad, mocosa?

Mocosa, hace unos meses le encantaba ese apodo, también jugar con el sujeto que ahora solo quería someterla para hacerle daño. No fue hasta que sintió sus manos subirle el vestido por la cintura que las lágrimas comenzaron a bajarle por las mejillas.

En la primera embestida no paraba de gritar, intentaba arañarle, pero la fuerza de él comparada con la suya era 10 veces superior. Tras la segunda y tercera tenía los brazos aprisionados sobre su cabeza y su asquerosa lengua recorriéndole la garganta y las mejillas. Era… Nauseabundo, las lágrimas no dejaban de brotar de sus ojos y para ese punto prefirió morderse los labios. Si gritaba más no sería el único que le daría una paliza.

***

El tiempo se detuvo después de eso, no podía escuchar nada, solo sus propios pensamientos. Lágrimas calientes le empapaban las mejillas y las rodillas.

¡Es tu culpa! ¡Todo esto es culpa tuya!

– Límpiate bien, ponte otro vestido y baja. Los invitados te esperan.

By: Teffymoon

Corregido por LivvyMonster.

Corregido por criticfuture.

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