Hologramas

Abrazado a mi mujer en la cama me siento inmune a todo. Ni los ruidos del exterior ni nada me molestan. Solo tengo oído y vista por y para Elena; Le rozo el brazo con mi dedo índice, sintiendo la suavidad de su piel, lo deslizo por toda su espalda, como una ola cubre la arena solo mojándola, acariciando la orilla. Escucho su respiración profunda, su pecho hinchándose cogiendo aire. Cojo con extremo cuidado un mechón de su pelo. Ese color café siempre me ha gustado. El pelo, tan fino como un hilo, se desliza de mi mano cuando ella se da la vuelta.

Me mira aún adormilada con los ojos negros, expresando tal cantidad de cosas que podría estar observándolos toda una eternidad. La nariz, puntiaguda, me apunta cariñosamente y me roza la mejilla cuando me da un beso; cada beso suyo se siente como renacer, son perfectos. Vuelve a dormirse esta vez con su cara muy cerca a la mía. Le doy un beso en la frente, acariciando la parte posterior de la cabeza con la mano derecha.

Intento levantarme lentamente, con cuidado de que el leve sonido de las sábanas moviéndose no la despierte. Voy a la cocina de puntillas para ser lo más silencioso que pueda y me pongo el delantal que hay siempre detrás de la puerta. Saco lo necesario para hacer unas tortitas.

Cuando llega a la cocina le sorprendo con unas tortitas en su plato de desayuno, perfectamente apiladas, con nata por encima y sirope de chocolate. Tampoco falta mi típica fresa encima de todo, coronando esa torre sabrosa y esponjosa. En mi plato tengo solo una, aunque los complementos son los mismos. Empezamos a comer y le miro de reojo. Siempre me ha gustado el aspecto que tiene por las mañanas. Me responde la mirada con otra mas traviesa, pícara, cómplice. Mi boca esboza una sonrisa involuntariamente, una sonrisa de las buenas.

Pero el sonido de un tenedor rebotando en el suelo me despierta de mi ensoñación. Miro a mi mujer y veo que su imagen está desapareciendo poco a poco, en píxeles. Ella sigue haciendo el gesto de comer, pero no tiene tenedor y tampoco comida.

—¡Elena, Elena, no te vayas! No te vuelvas a ir… —las lágrimas empiezan a caer por mi rostro. Los ojos se empañan con ellas y caigo al suelo llorando como un niño.

—Tiempo acabado, si quiere seguir con el servicio vaya a cualquiera de nuestros establecimientos y renueve su suscripción mensual solo por 98.99 euros. Muchas gracias por confiar en nosotros, le deseo un buen día —dice una voz robótica en mi cabeza.

Me arranco el pequeño aparato de detrás de la oreja y lo tiro al suelo, aplastándolo con el pie y haciéndolo añicos.

—¡Hijos de…! —Llega mi hija Elizabeth, de 16 años, y me abraza dándome un poco de calor humano.

—Papá, no puedes seguir con el aparato ese. Ella no va a volver.

Eso es lo peor, y ya lo sé. Voy al cementerio todos los días y ya lo sé. Mi mujer no va a desayunar conmigo nunca más.

Ya no puedo hacerle sus tortitas con nata, sirope de chocolate y la fresa encima, coronando esa torre sabrosa y esponjosa.

Vuelvo a llorar.

Corregido por Livvy’s Monster.

Corregido por Rain Jones.

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